Línea Proletaria

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lunes, 12 de noviembre de 2012

La Huelga General del 14N y la lucha de clases

COMUNICADO CONJUNTO DE LA
JUVENTUD COMUNISTA DE ZAMORA Y LA JUVENTUD COMUNISTA DE ALMERÍA

La búsqueda de la salida de emergencia que el capitalismo necesita para solventar su crisis sistémica sigue su curso. Para el gran Capital el pasillo, empedrado con millones de obreros en paro y desahuciados, hacia esa puerta llamada “crecimiento económico” se estrecha y ha de deshacerse de algunos de los sectores con los que, hasta 2008, caminó de la mano por aquel gran salón del Estado del bienestar, que era solo la dictadura del capital con rostro humano y que se sostenía sobre los pilares de la explotación de la clase obrera y el expolio, a manos llenas, de tres cuartas partes de la humanidad. Los mecanismos que la clase dominante ha activado, en forma de ajustes, muestran que el capital se ha empeñado en grabar a fuego la “marca España” sobre los trabajadores mediante esas medidas impuestas a golpe de porra en todos los rincones donde habita el proletariado y que permiten sacar pecho a los tertulianos que gobiernan el país cuando se reúnen con sus socios de la Troika y el Bundesbank.

Los “recortes” y la clase dominante

Primero ha de aclararse: el proceso de reformas de la alianza estructural, formulada en el Estado español a través de la intocable constitución y revalidada cada cierto tiempo por los “pactos sociales”, se encuadra en el nuevo esquema configurado por la burguesía española, en conexión con el imperialismo europeo, para seguir aplastando a la clase obrera. El PP no está haciendo otra cosa que seguir los pasos del PSOE (que sigue en sus trece junto a Izquierda Unida en Andalucía), porque el ataque a la clase obrera es un pacto transversal sellado por los poderes de Europa donde la única problemática está en si se va a robar al obrero con la mano derecha o con la mano izquierda. Un matiz, derecha-izquierda, que hemos de ver en el marco de la lucha de clases para saber contextualizar las reformas y no caer en los juegos del oportunismo.
La unidad temporal entre el capitalismo español y el europeo da señas de que la “soberanía nacional” no ha sido transgredida por ningún agente exógeno, como señalan desde los portavoces oficiales de la democracia hasta algunos “anticapitalistas” que definen la situación mediante la supuesta “pérdida de soberanía” del pueblo español. Esto sólo pueden decirlo aquellos que confían en que de la farsa de las urnas pueda salir alguna vez algo que para la clase obrera no sea dictadura del capital; esto sólo pueden afirmarlo los que quieren hacer creer a los trabajadores que las relaciones entre estados puede darse, bajo el capitalismo, en forma solidaria y comunitaria, y no a través de una lucha por imponer unos determinados intereses nacionales sobre otros. 
Las reformas pues coinciden escrupulosamente con los intereses del capitalismo español, y generan fricciones entre los mismos sectores que forman la dictadura del capital en el Estado español: la burguesía monopolista (el capital financiero e industrial), las burguesías nacionales (vasca, galega y catalana), la pequeña burguesía y los sectores populares privilegiados (la “aristocracia obrera”, cuyo mejor representante es el sindicalismo mayoritario). Los cambios en el sistema educativo y sanitario, en la seguridad social, en las relaciones laborales... no son otra cosa que el modo en que cristalizan ante nuestros ojos los cambios en la correlación de fuerzas dentro de esas clases que ocupan el Poder. En esto contexto la Huelga General convocada por los sindicatos mayoritarios muestra, precisamente, que esos cambios en lo alto de la estructura social, que comprometen a toda la sociedad, se cometen en medio de la lucha entre la misma clase dominante en donde la burguesía monopolista (los Botín, Ortega, Roig, etc.) hace de sus deseos ley. La Huelga General se convierte, en este marco, en un refrendo de la aristocracia obrera frente al capital monopolista, al que los comunistas no podemos acudir para apoyar al sector más crítico o radical de estos elementos con la excusa de la “unidad”, dado que la aristocracia obrera defiende intereses de clase, no solo ajenos, sino antagónicos a los de la clase obrera. Los comunistas por el contrario, hemos de movilizarnos para señalar el carácter de clase de cada uno de los actores sociales así como las verdaderas tareas que ha de acometer el proletariado consciente.
¿Por qué ahora?

Las CCOO y la UGT son la punta del iceberg de la aristocracia obrera. Son los representantes de esos sectores populares beneficiarios de la explotación del conjunto de la clase trabajadora y de los países oprimidos, que se aupó al poder en un contexto social (el de la transición) en donde la correlación de fuerzas entre las clases posibilitó que unas cuantas migajas fuesen del lado de los asalariados: por un lado estaba la necesidad, económica y política, de la clase dominante en España de abrir espacio a otras clases para gestionar el poder, a imagen y semejanza del resto de estados europeos, de otra parte estaba el movimiento obrero como sujeto desestabilizante de la reforma controlada. Estas dos cuestiones entrelazadas eran la base para que un sector de la clase asalariada accediese al Poder, dentro de la democracia capitalista. Desde ese momento y durante tres décadas hay una alianza estable entre el gran capital y el resto de los sectores ya mentados, que se resumen gráficamente en los pactos de la Moncloa y de Toledo. Con el acceso a ministerios de cargos sindicales y con el paso de éstos, cual parlamentarios, de la esfera pública a la privada para recibir recompensa por sus servicios prestados.
Hoy el escenario se muestra distinto. La burguesía necesita “soltar lastre” para tener más poder y abaratar, con más facilidad, la fuerza de trabajo. Con una clase obrera desprovista de sus instrumentos de lucha y con una aristocracia obrera sin la suficiente base, ni económica ni política, para ofrecerse a la burguesía como fuerza de contención, el capital no necesita el elevado número de vendeobreros que durante estos años ha tenido en sus organismos de gestión política y administrativa. El sindicalismo mayoritario, convertido hace mucho al parasitismo capitalista pierde su máscara de actor social, descubriéndose lo que ya sabía cualquier proletario que en su vida laboral se haya topado con ellos: que estos representantes de la podredumbre del sistema capitalista son incapaces de hacer algo distinto que no sea intentar salvar su condición de paniaguados, que excede con creces (a través del salario diferido) a la “burocracia sindical” a la que limitan su crítica el revisionismo y el oportunismo.

La ofensiva del capital y la clase obrera

Ante esta situación la mayoría del movimiento obrero y alternativo trata de construir un bloque de referencia para la clase, siempre, aunque en distinto modo, a través de un sindicalismo “verdaderamente combativo” que lleve la lucha sindical de los despachos a la calle, recorriendo hacia atrás el camino que el sindicalismo ha recorrido a lo largo de la historia. Se intenta, en definitiva, conformar un proyecto político que luche contra los recortes y lleve al sindicalismo a ser lo que fue en otro período.
Pero hay que entender el sindicalismo, no como simple actividad sindical sino como línea política consistente en ir agregando los distintos problemas que asolan a la clase obrera (paro, pobreza, exclusión, vivienda, racismo, etc.) a una especie de tablero de reformas en donde la solución de cada cuestión se encuentra compartimentada. El sindicalismo es aquella propuesta política que encierra a los trabajadores en el tira y afloja con el patrón y con el Estado burgués: más salario, más derechos sociales, más reparto justo… que en el siguiente reajuste del capital volverán a ser barridos para que empecemos de cero, pues son solo concesiones temporales que el capital se ve obligado a realizar en un contexto de ascenso de las luchas populares. Pero estas luchas, por más que estén dinamizadas por “revolucionarios” y se pretendan para, con buenas intenciones, “acumular fuerzas”, no sirven más que para plantear a la clase dominante una revisión de sus políticas para con los trabajadores Y no otorgan a la clase obrera una conciencia revolucionaria que eleve al movimiento sobre la mera resistencia a los envites del capital monopolista, para lo que ni siquiera están sirviendo. Si acaso ayudan al “anticapitalismo” existente a ponerse en la cola de la aristocracia obrera y ser vehículo de la ideología burguesa entre los trabajadores. 
Para crear conciencia revolucionaria entre las amplias masas obreras, es decir para construir el movimiento revolucionario, es necesario, en primer lugar, que reconstituyamos la ideología de la clase obrera, pues si no hay teoría revolucionaria no puede haber movimiento revolucionario. Es decir, si no se tiene en cuenta la experiencia histórica de la clase obrera y no se lucha contra las bases teóricas del reformismo que supura al movimiento obrero y las luchas espontáneas, recolocando al comunismo revolucionario en la vanguardia ideológica de la clase obrera, es imposible desarrollar una línea general sobre las tareas de la Revolución. Solo con el desarrollo consciente de esta labor es como podrá ponerse en pie el movimiento revolucionario organizado que a través de la ejecución de programa político ponga en práctica la transformación de las condiciones de vida de los trabajadores, unificando esa conciencia revolucionaria con el movimiento de masas, entendiendo este conjunto organizativo proletario como Partido Comunista. Y su constitución implica un largo proceso que (siendo realistas y no dejándonos llevar por los distintos movimientos espontáneos que tan pronto aparecen como desaparecen, que están accionados por la política que sigue el capital o que, directamente, representan intereses distintos a los del proletariado) choca radicalmente con las medidas cortoplacistas e infantiles que esgrime el oportunismo, se vista de rojo o de anarconsindical, que no logra salir de esas inercias sindicalistas que son las que precisamente han despojado al proletariado de sus organismos de combate que a lo largo del siglo XX hicieron temblar el poder internacional de la burguesía. Unas lógicas reformistas en donde lo que se llama “revolución” (o “proyecto constituyente”, a gusto del consumidor) no es más que una componenda con amplios sectores de la clase dominante a través de la cual se repartiría justamente la riqueza social entre capitalistas y trabajadores. Toman el Estado en abstracto y no como un instrumento de una determinada clase.
Tal es así que incluso se habla, con bastante ligereza, de construir, “poder popular” o “contrapoder”, pero eso sí, limitando ese poder del pueblo a ser el espíritu ético de la burguesía (salvo algún “oligarca” a nacionalizar) a la que se hará entrar en razón a golpe de los decretazos impuestos por el Estado… ¡de los propios capitalistas!. El mismo Estado diseñado exclusivamente para aplastar a la clase obrera en la producción o para expulsarla de la misma, para dejarla sin hogar e ilegalizar sus organizaciones, para limitar el derecho a manifestación y encarcelar a los más conscientes o para pisotear los derechos nacionales de los pueblos.
Porque desde el punto de vista de la Revolución Socialista, “poder popular” no puede ser una consigna vacía que se grite en aras de captar más votos en unas elecciones en las que la burguesía reparte su poder. Poder Revolucionario significa instituciones nuevas, creadas por y para la clase obrera y cuya tarea primordial es luchar contra las instituciones del Estado capitalista edificando el programa emancipatorio del proletariado. La Revolución no es un problema de dirección, sino de construcción. No puede pretenderse que la revolución consista en agazaparse tras los movimientos espontáneos, perdidos en la conciencia sindical, para soltarles un par de consignas que los radicalice y los lleve a la “insurrección”. Si el poder burgués es la alianza de las facciones del capital para ejecutar su programa político (sus intereses de clase) el Poder proletario ha de ser la unión de la clase obrera ejecutando su programa revolucionario. Aquí no existen subterfugios.
El programa de acción que se crea de enraizar la ideología revolucionaria, depurada de oportunismo, con las masas proletarias a través del Partido Comunista, solo puede tomar tierra con la sucesiva edificación del Poder popular que solo puede significar, para la clase obrera, confrontación de la dictadura del capital con la democracia de los trabajadores, con la dictadura revolucionaria del proletariado. Observarlo de otro modo es, simple y llanamente, inducir a la clase obrera por el camino del pacto social, de la transacción mercantil entre intereses políticos que le son ajenos y que no proponen, más allá de las formas, nada que se aleje un solo ápice de la democracia burguesa, de la dictadura del capital.


"El capitalismo es un sistema imposible de reformar. La tarea histórica del proletariado moderno es destruirlo, no reformarlo“
V.I. Lenin

Juventud Comunista de Almería
Juventud Comunista de Zamora
Noviembre 2012

viernes, 28 de septiembre de 2012

Cuestión de razones

Tomamos este artículo del Número 13 del "Ni Un Paso Atrás" de la Plataforma Antifascista de Zamora en el cual se hace una crítica de aquellos programas políticos que toman la "razón" en abstracto y observan la realidad de forma subjetivista eliminando de la misma cualquier rasgo material que nos permita comprender, de forma objetiva, las contradicciones que atraviesan a la sociedad y, consecuentemente, la única salida posible a las mismas.

Cuestión de razones


Ante las situación económica y social declinante que nos lleva poco a poco a la miseria progresiva, algo que lleva intrínseco el capitalismo, se producen movimientos sociales de masas que intentan frenar esta situación (tenemos desde hace más de un año el ejemplo del 15M). Tanto la clase obrera como la clase media que se ve proletarizada empiezan a realizar cada vez más acciones en la vida pública. Así se puede ver como cada vez más gente se involucra en manifestaciones, aunque no estén promovidas por referentes sindicales, ya que a raíz de la crisis, tanto económica como política, se han creado diferentes colectivos que reclaman de una u otra manera un cambio en el sistema. Y es en estos colectivos donde parte de la clase obrera cree verse representada ya que en la mayoría de los discursos se promueven cambios para la sociedad.
Es común encontrar en estos nuevos colectivos y en los partidos políticos que intentan vincularse a parte de los movimientos sociales, unos patrones que se repiten en los discursos, que son el reflejo de su ideología.  Algunos optan por ensalzar la razón como el eje central para levantar una nueva sociedad. Algo que no es nada nuevo, pues en el siglo XVIII o “Siglo de Las Luces”, la incipiente burguesía, preparando su ideología para su gran época, ya pensaba que la razón, junto con la verdad y la justicia concebidas de forma absoluta, resolverían todas las contradicciones sociales.
Como una vuelta al pasado, se vuelve a intentar que esa razón absoluta, ajena a las relaciones sociales y que despoja a la realidad de su base material, sea la que nos salve de esta situación declinante del capital.  La razón no es más que un producto del cerebro, de la naturaleza del ser humano, al igual que la imaginación, por ello está condicionada por la ideología que nos imponen. Para que la razón pudiera cambiar algo, el educador que nos educa (la sociedad) tendría que ser educado , es decir, tendríamos que tener un referente ideológico fuera de las manos del imperialismo. La razón es un medio, y no un fin, necesario para la lucha revolucionaria del proletariado.
Otro discurso dominante que se une al anterior es el interclasista, que no reconoce las diferentes clases sociales, tratando a todas las personas como ciudadanos  de un lugar llamado mundo sin dejar ver las diferentes condiciones que se reproducen en la sociedad, la diferencia tanto cualitativa como
cuantitativa de ser patrón a ser obrero. Y sin embargo es casi un recurso literario hablar en el marco del interclasismo de la clase política, como si esta sí que fuera una clase social. Los políticos en todo caso son los representantes de los intereses de la clase dominante, de la burguesía, mientras los intereses de los proletarios aún no se ven representados, que solo se verán cuando ellos mismos ejecuten su programa revolucionario.
Este tipo de interclasismo deriva en la meritocracia y el tecnocratismo. Por un lado una intenta justificar que “el que tiene algo en la vida” es porque “se lo ha ganado”, donde los buenos gobernantes serían los que han sido consecuentes con la ética del esfuerzo (caso de Amancio Ortega). Mientras la tecnocracia defiende que el gobernante sea el mejor preparado para ello (al igual que Platón ponía a los filósofos como los mejores gobernantes, y tomarlo como referente, mecánicamente, sería volver al siglo IV a.C). Ninguna de las dos reconoce ni las distintas condiciones en las que viven las clases sociales, ni la misma lucha de clases. El obrero siempre se va a esforzar y su esfuerzo, entendido como fuerza de trabajo no como empeño que se pone a una labor, quedará en manos del capitalista. Por tanto, los proletarios sobreviven gracias a su esfuerzo y lo que está seguro es que no llegarán a ser gobernantes en una Republica democrática burguesa, que es lo que defienden, en el mejor de los casos, estos movimientos.
  Hay que dejar claro que las condiciones materiales, es decir, las económicas y sociales, son la base de la sociedad. Condicionan el modo de pensar, pues es de donde se levanta toda la estructura social. De ahí que el modo de producción determine las condiciones políticas e ideológicas. Como los medios de producción están en manos de una clase, la burguesía,  la ideología que domina en la sociedad es la ideología burguesa heredera de la vieja burguesía del siglo XIX. Solo la conformación de un movimiento obrero revolucionario permitirá que la razón acompañe a los oprimidos del mundo como medio para su liberación de las manos del imperialismo.

viernes, 22 de junio de 2012

Sobre la expulsión de los colectivos de Almería y Zamora de la UJCE


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Desde unos meses para aquí la dirección de la UJCE viene preparando la expulsión de los colectivos de Almería y Zamora. El proceso se ha ido alargando en el tiempo no porque la decisión no estuviese tomada (de hecho está decidida de antemano previamente a las formalidades del Comité Central de Mayo), sino porque la dirección de la UJCE se encuentra debilitada y desorientada ante la nueva tesitura política y social y ha tenido que peregrinar por gran parte del mapa político del Estado a fin de “atar todo” antes de promocionar entre las bases el ataque contra nuestros colectivos. Esta atadura no consiste en otra cosa que la de intentar crear una especie de “cordón sanitario” contra el peligro bolchevique, buscando un cobarde “pacto de no agresión política” con camaradas de otras organizaciones para que no se genere un debate teórico y político profundo que perjudicaría al revisionismo de la UJCE, demasiado empantanada en el organicismo y en su inexorable camino hacia la derecha, palabrería a parte, y poco preparada para defender su línea oportunista y revisionista ante cualquiera que plantee el debate en términos marxistas, algo por lo que la dirección tiene que perseverar en el menudeo político entre bastidores
La decisión de expulsión que conocemos desde hace un tiempo, no nos quita el sueño a los comunistas, sin embargo hemos de realizar una serie de puntualizaciones a fin que nuestro conflicto con la dirección de la UJCE no quede en un asunto burocrático, pues como decimos este responde a cuestiones más amplias y que hallan su explicación en una dirección que se encuentra acorralada ante el viraje hacia la izquierda del Movimiento Comunista en el Estado español, que teme a unas bases que cada vez están más conectadas con problemas de índole ideológico y que, sobretodo, teme su aislamiento ante este giro que trae de la mano el crecimiento de unas organizaciones y el surgimiento de otras nuevas.    
Ante la acusación formal realizada por el Comité Central de la UJCE que nos acusa de “desviaciones fraccionalistas” no podemos por menos de reconocer que los colectivos mentados nos hemos organizado de un tiempo hacia aquí como “Fracción Roja” para luchar contra el revisionismo en el seno de la UJCE, cuestión para la cual, ante las sucesivas direcciones revisionistas que censuran todo debate[1] sólo podíamos adoptar la forma de una coordinación “clandestina”.


Cargos de culpabilidad

Reconocida nuestra organización para luchar contra el revisionismo en el seno de la UJCE, son varias las acusaciones que la dirección ha ido añadiendo en el proceso sancionador a fin de engordar la base, dentro de su ordenamiento jurídico, para nuestra expulsión. Poco nos importa lo que piensen o digan los oportunistas de toda laya que ocupan cargos de dirección o que son sus brazos de madera entre la militancia. Pero nos sentimos obligados a dar explicaciones a los militantes honestos que continúan en la UJCE, y al conjunto del Movimiento Comunista. Y también a la clase trabajadora y la juventud ante las cuales no hay que “guardar” las problemáticas del movimiento comunista sino que hay que sacarlas a la luz pues éstas forman parte de la lucha proletaria. Lo que los revisionistas esconden y ocultan o pretenden solucionar con despachos burocráticos ajenos al proletariado, los comunistas lo tratamos y clarificamos sin problema ante el conjunto de la vanguardia y de la clase, pues ello solo puede fortalecer las posiciones de la Revolución y desenmascarar las de la reforma. Por todo esto hemos de reconocer como se concretan las ambiguas acusaciones que la dirección ha estado filtrando, dicho sea de paso, más allá de lo que sus responsabilidades en la UJCE aconsejarían:

- Somos culpables de haber participado en la Escuela Unitaria de Jóvenes Comunistas coadyuvando a la lucha ideológica con otras organizaciones, mientras la dirección de la UJCE se escondía en su sectarismo. También somos culpables de haber organizado multitud de actividades, de charlas, de escuelas de formación, de debates con diversas organizaciones del movimiento comunista abriendo nuevos espacios para el debate, la lucha teórica y el encuentro.
- Somos culpables de contravenir la línea política de la UJCE por estudiar y analizar los más importantes procesos revolucionarios que se están dando en el Mundo, como el que abanderan los camaradas del PCI (M) en India con la Guerra Popular. Además somos culpables de haberla defendido públicamente siendo así consecuentes con el Internacionalismo Proletario que nos demanda la lucha por el comunismo. Algo que, no podemos negar, seguiremos realizando muy a pesar de la dirección de la UJCE de donde en su día salieron graves insultos contra los comunistas indios o los independentistas kurdos que fueron tildados de “agentes de la CIA[2].
- Somos culpables de publicar órganos teóricos, como La Línea Obrera y Espacio Rojo, los únicos que se publicaban desde dentro de la UJCE y que hacen de la formación y el estudio colectivo no algo puntual en la vida militante, sino la constante en torno a la que ha de forjarse cada cuadro comunista. Presentando en ellos estudios sobre diversos temas que nos han llevado indefectiblemente a desarrollar la lucha teórica y política por reconstituir el comunismo de cara a la lucha revolucionaria en el Estado español. En este sentido también hemos de reconocer nuestra culpa por realizar análisis sobre la reforma laboral fomentando con ello el estudio entre la militancia de base, con el objeto de formar cuadros comunistas que sepan manejarse ante las masas en el mayor número de cuestiones posibles y que no actúen como autómatas ante los mandamientos del reformismo oficial.
- Somos culpables de luchar contra el revisionismo y decir abiertamente que el sindicalismo es reformismo y que las organizaciones tras de las que van los oportunistas en cada manifestación no son más que las organizaciones de la aristocracia obrera y que por su contenido de clase defienden intereses contrapuestos a los de las masas proletarias. Hecho por el cual aunque sean atacados hoy por el gran capital sus intereses de clase se siguen identificando con el pacto social que les brindaba el imperialismo y no con la Revolución Socialista, algo que ocurre tanto por ese carácter de clase ligado a los opresores como por la inexistencia de un verdadero y firme referente revolucionario.
- También recae la culpabilidad sobre nuestros huesos porque nos hemos posicionado de manera decidida en contra del cretinismo parlamentario y de todas aquellas prácticas que en las instituciones no son más que el reflejo político de las luchas económicas y que solo hacen que mantener los prejuicios parlamentarios entre sectores de la clase obrera que se ven engañados por quienes dicen representarlos.
- Somos culpables por haber defendido el comunismo científico frente a las desviaciones revisionistas que pretenden cambiar conceptos para cambiar contenidos. Y la mejor muestra de esto la encontramos en nuestras sucesivas controversias en torno al concepto de dictadura revolucionaria del proletariado. Para el revisionismo este es un concepto del pasado que ha de ser cambiado por la última moda que exponga la intelectualidad burguesa en sus escaparates y pueda adornar alguna campaña electoral. Para nosotros sigue siendo el modo más correcto de definir al Socialismo como etapa previa al Comunismo en la que el estado proletario, el estado de nuevo tipo será la democracia de las hondas masas proletarias y la dictadura contra las viejas clases dominantes. Pero las soflamas contra la dictadura del proletariado que hemos visto en cada Congreso, en cada Conferencia, en cada reunión; son tan viejas como la lucha de clases entre proletarios y burgueses. Y aquí los opositores del comunismo no aportan nada nuevo, aunque lo crean así, y no son más que una burda copia de los renegados de cualquier época: Bernstein, Kautsky, Jruschev, Carrillo, etc. y que están tan acostumbrados a tratar con la aristocracia obrera y a pulular por las instituciones del capital que temen como a la peste los resultados de la lucha de clases del proletariado.

Las  vías “políticas” de resolución

      En cuanto a las vías de resolución del conflicto tomadas por la dirección, más que “vías políticas” habría que decir vías administrativas. Cuanto más hemos incidido en el estudio del marxismo más hemos comprendido las contradicciones antagónicas entre el comunismo y la práctica de la UJCE. Todo requerimiento por esta vía, por el debate ideológico, ha sido censurado.
A inicios de 2011 el colectivo de Zamora mantuvo una reunión a petición de la dirección central con el Secretario General de la UJCE y con los secretarios político y de organización de Castilla y León. Los miembros de la dirección se presentaron en Zamora sin ningún orden del día, a pesar de ser ellos quienes promovieron tal reunión[3]. El colectivo de Zamora presentó un análisis sobre su situación que se remontaba a 2009 y esclarecía temas como el de la “Carta a la militancia de la UJCE y al conjunto de organizaciones comunistas del Estado español” que se publicó en marzo de 2010, previa al XI Congreso de la UJCE. El análisis de la citada reunión se centró en una autocrítica del colectivo y una crítica del conjunto de la Unión. Zamora marcó que se había centrado en el estudio y la formación ideológica en detrimento de otras labores, desligándose para ello de lo mandatado por los órganos pertinentes, y que esto era porque la UJCE carecía de plan formativo y la ideología comunista no se tenía en cuenta a la hora de abordar la práctica política. Zamora presentó un modelo de formación “urgente” basado en el estudio colectivo de los clásicos del comunismo ante las importantes carencias teóricas de la militancia. La dirección “tomó en consideración” la crítica y acabada la reunión la Secretaría General se dedicó a propagar la idea entre los militantes de base del Estado de que Zamora había hecho autocrítica por sus “desviaciones teoricistas”, las cuales, por otra parte, nunca se han especificado al colectivo de Zamora, si dejamos de lado los adjetivos carentes de contenido político a que nos tienen acostumbrados aquellos que hacen apología de ignorar todo lo que no saben.
A partir de ahí, en diciembre de 2011, una propuesta para ser cooptados al Comité de Dirección Regional, para cubrir un puesto con el fin de “limar diferencias”,  resume el cómo se concibe la resolución de los problemas ideológicos y políticos: a través de la conciliación burocrática.       
En el caso de Almería, la dirección de la UJCE, la secretaría general, ha mantenido contactos desde principios de año a raíz de la participación de los camaradas en la Escuela Unitaria en Madrid. Fueron muchos los militantes de la UJCE que acudieron a las ponencias de la Escuela, mas fueron los camaradas almeriense quienes realizaron una ponencia como Juventud Comunista de Almería. Este hecho puso en guardia a la dirección, que mientras tenía lugar este primer encuentro juvenil, se dedicaba a certificar que mantiene las siglas históricas de la Juventud Comunista en el estado español, pero no tiene ninguna intención de darles contenido revolucionario a las mismas. Se puso a los camaradas participantes a expensas del “Comité de Garantías y Control” en medio de todo un conjunto de enrevesadas propuestas de la secretaría general para finiquitar el conflicto: desde una carta de autocrítica[4] hasta una salida voluntaria de la UJCE para evitar el mal trago de la expulsión intentando así “salir todos ganando”. Maneras de politiqueo burgués, juego de oportunistas al que los camaradas de Almería no entraron, pues como venimos señalando es el debate ideológico y político el único marco en que se pueden abordar los problemas del movimiento comunista y no en la conciliación burocrática. Porque a fin de cuentas la “salida voluntaria” habría sido ocultar la bancarrota de la dirección de la UJCE que se haya ante la disyuntiva de abrazar completamente el oportunismo dejando a un lado su parafernalia “roja” o, por otro lado, (y como está sucediendo) dedicarse a añadir la palabra socialismo en algunos de sus escritos y consignas a fin de “endurecer” las apariencias para alargar un poco más en el tiempo el proceso de desenmascaramiento a que están siendo llevados por parte de las bases de la organización y de parte del movimiento revolucionario.
Tras esto, la dirección central comunica al colectivo de Almería que pasaría a disposición de la Comisión de Garantías y Control cerrando lo que la dirección de la UJCE llama “vías políticas”.   
Pero estos modos de confundir la política con la burocracia, no son exclusividad de la relación del Comité Central para con los subversivos militantes de Almería y Zamora. Cualquiera que se haya interesado por la no asistencia de la UJCE a la Escuela Unitaria de Madrid, en 2011, ha podido comprobar como la dirección se ha plegado a cualquier debate teórico o político intentando esquivar las preguntas, que solo pueden ser respondidas por el sectarismo y por la confusión política de esta dirección, remitiéndose a “fallos de comunicación” entre los organizadores y la UJCE.

A cuenta del fraccionalismo

Es importante la cuestión del fraccionalismo pues la ignorancia, convertida en dogma por el revisionismo, puede llevar a tildar a nuestra fracción de “trotskista”, cuando nada más lejos de la realidad.
Las fracciones, las corrientes internas en el partido son censuradas en Rusia en el X Congreso Extraordinario del PC (b) en medio de los sucesos contrarrevolucionarios de Cronstadt que anunciaban las dificultades futuras que el país soviético iba a atravesar en forma de lucha de clases al implementar la dictadura revolucionaria del proletariado: En el terreno ideológico defendiendo el sostenimiento de la justa línea de socialismo en un solo país frente a la “revolución permanente” trotskista o las tesis derechistas de Bujarin. En el terreno político emprendiendo la transformación del campo abriendo la guerra contra la clase kulak.
Hasta aquel momento siempre existieron fracciones, es decir, corrientes más o menos organizadas en el seno del partido, primero en el socialdemócrata donde los bolcheviques (los “mayoritarios” durante el II Congreso del POSDR) eran tan solo una fracción (de hecho su “mayoría” se vería truncada poco después). Y posteriormente en el bolchevismo la lucha de dos líneas va a ser constante siendo crucial los momentos de combate entre leninismo y trotskismo que en un país donde la guerra civil está latente, al elevar la Revolución Socialista las contradicciones sociales a su máximo apogeo, se acabarían sancionando por medio de las armas.
Pero siendo justos con la historia política de la clase proletaria no es por esta situación por la que “fracción” se identifica con trotskismoEsta correlación viene definida por las tesis en torno al partido obrero que formulase el ucranio y que chocan frontalmente con las tesis leninistas de organización, las cuales desconoce la dirección de la UJCE o, al menos, ha de reconocer, jamás ha puesto en práctica, salvo que quiera suscitar la risa entre los sectores organizados de la clase obrera que están en contacto con la experiencia bolchevique.
Para Lenin el partido obrero de nuevo tipo es la unidad entre los principios incólumes de la teoría comunista con el movimiento de masas. Esto no significa que quien se arroga el nombre de vanguardia vaya corriendo tras de todo tipo de movimiento espontáneo para que las masas le permitan repartir su panfleto y, si cabe, introducir alguna consigna que, por fuerza, solo podrá ser reformista. La unión entre teoría y práctica, entre vanguardia y masas requiere de una relación entre ambas de tal modo que la acción de este movimiento político organizado permita superar las condiciones en que se encuentran las masas, es decir, permita al proletariado ejecutar su programa revolucionario a través de sus propias instituciones y organismos, los cuales deben ser un producto consciente del partido revolucionario, como núcleo desde el cual se proyectan concéntricamente los instrumentos de la revolución, implicando a unas masas que difieren tanto en lo cualitativo como en lo cuantitativo.
Y esta unidad que en lo político significa plasmación del Programa Revolucionario, es decir, conquista de la dictadura revolucionaria del proletariado, sea en un barrio, en un pueblo o en un país; en lo organizativo se concreta mediante la concepción del partido como una suma de organizaciones de todo tipo que es desde donde la vanguardia ejecuta, con las masas, la revolucionarización de las condiciones de vida de la clase obrera. Y todo ello detalladamente estructurado por el núcleo dirigente de la Revolución y regido por el más escrupuloso centralismo democrático.
En el otro extremo anida la concepción de Trotski, que sigue las viejas concepciones socialdemócratas en torno al partido obrero. Para Trotski la vanguardia, como destacamento que conoce el marxismo, debe involucrarse en el movimiento espontáneo de las masas y a través de éste ganarse sus simpatías. En definitiva crear “conciencia revolucionaria” desde las luchas reformistas y parciales de la clase obrera, desatendiendo la creación independiente de los distintos organismos de que se valdrá el comunismo para ganar, desde el punto de vista revolucionario, a las masas. En este sentido, Trotski limita al partido revolucionario a ser una FRACCIÓN del movimiento obrero  de masas que se va amoldando a la situación concreta de los movimientos de masas para insertar su mensaje. Por ello en los años treinta llegó a pedir a sus seguidores, o a los que él entendía como tales, que se uniesen a los partidos socialdemócratas para hacerles dar un vuelco en su política. Es decir, que se integrasen en un amplio movimiento de masas, ya encuadradas y reformistas, para dar un golpe de mano y guiarlo hacia “otro tipo” de reivindicaciones. En definitiva reformar un organismo social que se ha construido desde unas bases distintas a las de la revolución proletaria tomando las luchas espontáneas de las masas como principal elemento sobre el que debía incidir una “vanguardia” que no había creado las condiciones políticas para movilizar masas con el Programa de la Revolución.
Esta estrategia “trotskista” de construcción política, pegada a las luchas económicas, es a fin de cuentas la del entrismo sobre el que intentó crear el PCE de Carrillo su movimiento de masas a través de las Comisiones Obreras y la que hoy día aun sostiene la dirección de la UJCE aunque con patéticos resultados, salvo que nuestros ya exdirigentes quieran apuntarse como suyo el tanto de la Huelga General convocada por la vanguardia de la aristocracia obrera en marzo. Y es también la excusa sobre la que se protege la dirección de la UJCE para defender el mantenimiento de la Unión en ese entramado que gestiona (y por tanto ejerce) la dictadura del capital. Ya que el “proyecto estratégico” sigue siendo presentado como un frente a través del cual los “marxistas-leninistas” pueden desarrollar la lucha por el socialismo. Patraña a la que últimamente se ha unido la de tildar, al menos de puertas para dentro, a la organización de los Cayo Lara, Llamazares, Garzón etc. como un “movimiento político de nuevo tipo” en ese empeño que tiene el revisionismo por impregnar algo de “revolucionario”, aunque sea fraseología hueca, a sus viejos esquemas.  

Un debate que no debemos cerrar

Sentado esto y cuando el revisionismo nos pretende dar lecciones sobre “organización leninista” llamamos a la militancia de base a que estudie por sí misma la concepción leninista del partido obrero. Porque el revisionismo se centra en el aspecto organizativo (el cual deforma al observarlo unilateralmente) y se olvida por completo de todo lo que es condición necesaria para poder hablar de centralismo democrático. Porque la dirección de la UJCE se llena la boca con el “leninismo” hablando de la defensa de los estatutos de la Unión para, a continuación, en el terreno de la ideología y la política,  meter una mano entre toda la literatura revisionista “del siglo XXI” que “demuestra” lo “obsoleto” de las teorías políticas de Lenin y la otra en el cesto de las subvenciones estatales vía “proyecto estratégico”.
Algo que se traduce finalmente, tras tantos años de parasitismo ideológico, en una completa falta de formación y en una sonrojante descontextualización de todo debate histórico, que convierte cualquier referencia a la experiencia de la Revolución Proletaria Mundial, en forma de cita, de estos dirigentes oportunistas, en un ejercicio de mal gusto que valida para representar folclore político, pero desautoriza para emprender cualquier empresa política proletaria medianamente seria.
Los colectivos comunistas de Almería y Zamora ya no formamos parte de la UJCE sin embargo seguiremos realizando nuestra lucha contra el oportunismo y el revisionismo que son los principales enemigos que hoy tiene enfrente la clase proletaria. Comprendemos que para alcanzar la unidad comunista es necesaria la escisión con el oportunismo, es imprescindible romper con la teoría y la práctica revisionista. Sin todo ello es imposible pensar en la unidad revolucionaria del proletariado en un movimiento revolucionario organizado.

Acabamos este comunicado en el que hemos querido repasar nuestro proceso de expulsión  instando a los militantes honestos de la UJCE a la sistematización del debate y a la organización. Los revisionistas que nos han expulsado de la UJCE son precisamente los que más daño hacen a la organización pues lejos de promover la formación de cuadros comunistas en las problemáticas de nuestro tiempo, insertadas en la lucha por reconstituir al movimiento comunista como el movimiento revolucionario de la clase obrera, se limitan a guiar a la juventud hacia las posiciones del reformismo que significa, en definitiva, renegar de la lucha revolucionaria y plegarse ante intereses de clase ajenos a los del proletariado.

“¡La unidad es una gran cosa y una gran consigna! Pero la causa obrera necesita de la unidad de los marxistas, y no la unidad de los marxistas con los enemigos y los falseadores del marxismo”

V.I. Lenin

Juventud Comunista de Almería
Juventud Comunista de Zamora
A 22 de Junio de 2012
Estado español


[1] Hasta tal punto llega la histeria revisionista por aplacar cualquier debate de calado, que no le importa realizar todo tipo de maniobras burocráticas, por absurdas que sean. Un ejemplo: durante el último Congreso de la UJCE, en abril de 2010, llegaron al Congreso dos enmiendas sobre IU, de la organización de Castilla y León, que reclamaban que la UJCE se fuese de la coordinadora por ser, su práctica, incompatible con la defensa de los intereses revolucionarios de la clase obrera. Si ya la delegación del CC en la Conferencia de Castilla y León se partió el pecho contra dichas enmiendas remitiéndose al PCE… durante el proceso congresual el debate en torno a IU, se cambió de orden (cosa que no pasó con ningún otro) hasta en tres ocasiones en las que se pasó el debate de una Comisión a otra, mareando la perdiz, hasta que al fin, en la madrugada del domingo se pudo debatir sobre IU. Eso sí, los tiempos se limitaron para la defensa de las enmiendas (no para la Mesa) y se eliminó el derecho a réplica contra la Mesa (algo que no ocurrió con otros debates) defensora de la línea oficial. A pesar del centralismo burocrático, algo más de un 20% de los delegados votó por esas enmiendas.

[2] Cualquiera que asistiese a la última sesión del XI Congreso de la UJCE, cuando las dos Comisiones que se crearon volvieron a unirse para solventar las últimas enmiendas, pudo ser testigo de la bravuconada en cuestión, protagonizada por el que fuera responsable de relaciones internacionales de la UJCE, que para negar cualquier análisis, debate o ejercicio de solidaridad en torno a estos procesos no dudó un solo instante en utilizar la mentira, el insulto y la provocación. 

[3] Concretando un poco más, esta reunión era el inicio de la “ronda de contactos” de la dirección central con los colectivos locales. El Secretario Gral fue acompañado a Zamora de una especie de test o formulario que la militancia debía conocer con tiempo de sobra para responder, tal y como se comentó. No obstante la “rapidez” de la reunión imposibilitó a nuestro exdirigente enviarlas con antelación.

[4] Nos vemos obligados a hacer aquí un receso. Para la dirección de la UJCE la “autocrítica” no consiste en lo que todo marxista debe entender como tal: en analizar la actuación propia dentro del conjunto de circunstancias en que uno se desenvuelve sacando las conclusiones pertinentes, sean “positivas” o “negativas”, de tal modo que la síntesis sobre esa actuación permita mejorar las actuaciones siguientes. Algo que en este caso significaba reconocer el sectarismo de la UJCE y todos los esfuerzos que la dirección puso en minimizar el encuentro de diciembre, así como sacar a relucir los límites de la línea de construcción política de la UJCE. Para la dirección de la UJCE la “autocrítica” de los colectivos ha de limitarse a dar salves a sus dirigentes y reconocer los pecados cometidos.